miércoles, 5 de noviembre de 2014

Hojas secas de otoño



Se sentó en aquella vieja mecedora que había sido su fiel compañera, por un instante sintió celos de los secretos con ella compartidos, apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos y aspiró con fuerza su olor, un olor impregnado de años, un olor que sintió le pertenecía. Se había dejado ir con el otoño, cuando las hojas secas se desprenden y son vapuleadas por el viento en busca de aventuras, no le cabía ninguna duda de que ése era su sitio, de que su viaje había comenzado en el momento en que sus cenizas se esparcieron en el aire y un tropel de hojas secas le dieron la bienvenida, conocía sus vidas, muchas de ellas un día fueron brotes en los árboles de su jardín, en el pueblo se decía que, año tras año a la llegada del otoño, las hojas secas se agolpaban contra el cristal de su ventana cegando la luz, ella se levantaba y, con la complicidad de su vieja mecedora, abría la ventana para que penetraran impulsadas por el viento cientos y cientos de hojas de todos los colores y tamaños que invadiendo la estancia transformaban el suelo en una alfombra de tonalidades ocres y marrones, cuando la última hoja se había posado, tomaba entre sus manos La leyenda de las hojas secas de su gran amado Gustavo Adolfo Bécquer y con voz queda, como si temiera ser descubierta, les narraba lo que él escribiera sobre ellas…

Veda Lontana

miércoles, 29 de octubre de 2014

Binomio inseparable violencia y género


Concentró toda su rabia y frustración en la mano que estampó contra su cara, el impacto le giró la cabeza retorciendo su cuello, notó como el cerebro rebotaba dentro de su coraza de hueso, un intenso dolor invadió su abúlico cuerpo, la humillación se encargó de enjugar las lágrimas que pugnaban por caer, no quería otorgarle el regocijo de verla desvalida, levantó la cabeza clavando sus gélidos ojos en la ira de los suyos que sintiendo la necesidad de hacer prevalecer su superioridad le lanzó una retahíla de insultos y agravios a la vez que de un empujón la estampó contra la pared, ¡sigue retándome puta! le espetó. Sintió un sesgo que anulada su voluntad, sabía que no dudaría en utilizar la violencia para ejercer el dominio y control sobre ella pero no estaba dispuesta a que percibiera el más mínimo atisbo de miedo o sumisión en su rostro, la dignidad era todo lo que le quedaba…

Veda Lontana

martes, 21 de octubre de 2014

Descontando los días




Los días en que brillaba el sol le gustaba abrir las puertas del balcón y dejar que los rayos calentaran su cuerpo avejentado acomodado en aquella, también avejentada, mecedora de madera de viñátigo y asiento de rejilla. Miraba al horizonte sin ver porque sus ojos se habían cansado de mirar y era su mente la que emprendía la huida como un vagabundo que nada posee, que carece de hogar, de arraigo, de la afección de una familia, porque así se sentía ella, un alma solitaria y olvidada. Sabía que había llegado a esa edad en que los días van descontando sin mirar, en que la brisa del otoño remueve los recuerdos que un día quisimos enterrar, en que el presente carece de una identidad, en que la esperanza murió ayer. Nunca esperó demasiado de la vida quizás por eso, la vida, no la decepcionó, no temía a la muerte era el final del principio, si algo había aprendido es que todo lo que empieza tiene un final, el amor, la amistad, los sueños, las ilusiones, todo termina, nada permanece, venimos solos a este mundo y solos nos iremos, así continuó mirando sus pensamientos en el horizonte…

Veda Lontana

   

sábado, 11 de octubre de 2014

Remolino levógiro y dextrógiro


Su cabeza era un remolino levógiro de pensamientos, absurdos unos, ilógicos otros, pero de cualquier forma, tormentosos e insistentes que la mantenían en vigilia hasta altas horas. El otoño se hacía sentir y se apresuró a cerrar la ventana, se quedó embobada contemplando una luna inmensa y radiante que iluminaba la oscuridad, su mente rápidamente comenzó a girar en sentido dextrógiro para recuperar aquella noche en que la luna fue testigo mudo de sus cuerpos desnudos en la playa,  la atrajo hacia sí y comenzó a mordisquear el lóbulo de su oreja mientras le susurraba que se fuera a vivir con él, recorrió su cuello con pequeños besos hasta que alcanzó su boca y atrapando su labio inferior entre sus labios se sumergieron en un beso intenso y salado, lentamente deslizó las manos por sus pechos, cogiendo entre los dedos sus pezones hinchados que persiguió con la boca, sus cuerpos buscaron la fricción, la excitación era intensa, extendió la toalla encima de la arena y la invitó a tumbarse junto a él, ávidos de poseerse se entregaron con la pasión del amor y allí quedaron tendidos bajo la cómplice mirada de la luna, habían pasado nueve años desde entonces y ahora cuando contemplaba la luna solo podía verla rota…

Veda Lontana